El examen se extendía ante mi como una amplia llanura de papel de tremendas extensiones, que debía llenar yo solo de vegetación de tinta y conocimientos. Una tarea ardua, agotadora y complicada, con temibles consecuencias para cualquiera que no se viera apto para llevar a cabo tal empresa.
El comienzo, mientras la pluma se posaba insegura sobre la parte superior de la hoja, fue lento y apático. Los conceptos estudiados a lo largo de seis meses de trabajo se negaban a salir de su jaula en lo profundo de mi mente, débiles y agarrotados como estaban. Por un momento, la horrible perspectiva de repetir otros seis meses ante los mismos textos ya conocidos, discutiendo las mismas cuestiones existenciales una y otra vez, bailó en mi imaginación, lanzando una oleada de frío nerviosismo sobre mi sistema.
La jaula de los conceptos de la materia se abrió con un golpe forzado y los conceptos fueron tomados del cuello y arrojados a la luz del sol, donde se retorcieron gimiendo como las sabandijas que son. Pero no hubo piedad para ellos.
La pluma se posó con firmeza en el papel y comenzó, con un rasgeo firme y regular, a arrojar los conceptos uno detrás de otro, uniéndolos con paja y frases de relleno cuidadosamente seleccionados.
Las oraciones se entrelazaron en renglones y los renglones en párrafos, de forma ordenada y armoniosa, como los hilos de seda que se unen para formar las suaves piezas de tela que formarán un vestido.
El examen se convirtió en algo mas. Era una carta, una proclamación, una obra de arte dirigida ya no al profesor, si no a la humanidad. Entre sus letras, se propusieron conceptos revolucionarios, se nombraron uno a uno los problemas del mundo y se solucionaron con un veloz argumento irrefutable, que se unía a otros argumentos como las letras de una sinfonía.
Cuando por fin plasmé el último punto en la última página, ya no tenía una prueba universitaria entre mis manos. Tenía una obra maestra.
Me levanté, y con el manuscrito entre mis manos, avancé entre las filas de mis compañeros. En mis manos, mi creación brillaba, reflejaba la luz del sol con prístina claridad, como si las letras que en sus páginas aguardaban fuesen demasiado puras como para ser mancilladas por el ardiente toque de la luz.
Entregué el examen al profesor con el orgullo que siente un padre cuando sus hijos se gradúan, seguro de que esa mañana había contribuido al acervo de la humanidad con un una nueva obra esplendorosa. Salí sonriendo.
Probablemente me ponga un seis.

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