Mi nombre es Bonita Cisneros. Soy una adolescente normal, muy parecida a ti. Me gusta caminar por la playa, la música, la lectura de conocidos clásicos románticos y quejarme de mi apariencia física. De hecho, me parezco tanto a ti que es mas que suficiente para que puedas imaginarte a ti misma como protagonista de esta historia. Casualidades.
Acabo de entrar a la universidad en Francia. Esquina con Américas y Europa. Es un colegio común y corriente, se parece al tuyo. Mi primer día fue terrible. Me sentía fea (Mi cabello amaneció horrible) y me molestaba la actitud vacía y superficial de mis compañeros, que le prestaban demasiada atención a la temática filosófica de la naturaleza del individuo, y muy poca a lo realmente importante: Mis tetas.
Malditas ovejas.
Tras la simple clase de filosofía (No soy nerd, pero he leído todos los libros de filosofía, porque soy muy lista y especial. Como tú.) me fuí a los casilleros, deprimida por lo poco atractiva que soy. En el camino, tuve que apartar a la mitad de los hombres de la clase, que no paraban de invitarme a salir con ellos y sus grupos. Los ignoré lo mejor que pude. ¡Malditos pervertidos!
Entonces, mientras guardaba mi nueva edición de la revista Mary Sue en el casillero, lo ví.
Mi adonís... Mi pálido príncipe de tez de nieve... Alto y atlético, con ojos brillantes como el oro líquido cubriendo una estrella en una noche solitaria... Su rostro era una tormenta cubierta por su corte de cabello de tres mil pesos y sus labios un par de cerezas frescas, que me invitaban a que las probase... ¡Ah, exquisita visión, salida de mis mas oscuros y perversos sueños!
Tenía que ser mío. Pero... ¿Cómo hacer que se fijara en mí? Yo, que soy tan normal y parecida a tí. Y el, tan perfecto, con su chaqueta de piel de foca bebé marcando sus poderosos biceps de acero.
-Hola, soy Bonita Cisneros. Puedes decirme Bonita. ¿Tienes novia?
El príncipe gruñó y se alejó tan pronto como me vió acercarme. Entonces, supe que era el destino. Ese hombre estaba destinado a enamorarse perdidamente de mí, casarse conmigo y hacerme siete hijos.
Hice lo que cualquier adolescente normal haría en mi situación. Lo seguí al bosque a la salida de clases, sin avisarle a nadie a donde iba, ni cuando volvería. Al llegar a un romántico claro donde el atardecer teñía de naranja ígneo las hojas de los árboles, mi amado se dio la vuelta, para enfrentarme cara a cara.
-Bonita. Me seguiste hasta aquí.
Su voz era grave y potente, como todo él. El hijo de puta estaba buenísimo.
-Te seguí. -Dije, acercándome. -Desde el momento en que te vi, supe que estábamos destinados a estar juntos.
Para mi sorpresa, el asintió lentamente.
-Lo sé... Yo también lo siento. Pero, mi amada... ¡Lo nuestro es imposible! Mi mera presencia te pone en peligro de muerte... Porque tengo un terrible secreto. Soy una desalmada criatura de la noche... ¡Un vampiro!
-Me imaginé que lo eras. -Respondí con una sonrisa. -No todas las personas destellan a mitad de la calle como una bola de disco sin razón alguna. Todo el mundo sabe que esa es la principal característica de los vampiros. Brillan.
-¿Entonces, no me tienes miedo? -Me preguntó, con su dulce cara perdida en confusión.
-¡No! ¿Acaso no lo ves? Esto solo lo hace más romántico... Osea, como que está predestinado, ¿Me entiendes? Pero se supone que esta prohibido...
Entonces, con una dulce sonrisa, recorrió en un suspiro los pocos metros que nos separaban. Nuestros rostros estaban tan cerca que casi se tocaban... Mis piernas se volvieron de mantequilla.
-Mi amada... ¡Bésame!
Y nos unimos en un beso de amor que podría derretir la nieve de la montaña mas helada, un testamento inmortal del lazo que
********************************************************
Eduardo le arrancó la cabeza tan rápido que Bonita no tuvo tiempo de comprender que estaba muerta. El vampiro se dió un festín con la sangre que manaba como una fuente a presión del cuello destrozado de la muchacha. Riendo macabramente, arrojó el cadaver a una zanja, mientras aplastaba la cabeza con sus poderosas piernas.
Eduardo Culón. Uno de los vampiros mas antiguos y mejor alimentados del siglo 21. Con una sonrisa de oreja a oreja, se frotó su barriga satisfecha, mientras se quitaba su chaqueta manchada de sangre.
Todo gracias a esa mujer, Meyer, y a los productores de ciertos programas de televisión por cable. Gracias a sus libros de porquería, llevaba varios años dándose banquetes con las ilusas chicas que llegaban a la universidad y de inmediato esperaban quedar unidas para siempre al romántico ser demoniaco y carente de alma que rondaba por los alrededores. Estúpidas vacas. Era como si pensaran que era posible que una persona se enamorase de una zanahoria, o de un conejo.
Oh si, eran buenos tiempos para ser un vampiro.
Se alejó del claro, consciente de que los carroñeros del bosque se encargarían del cadáver sin problemas. Al cabo de dos minutos, ya estaba pensando en su próxima comida.
El único sonido que le advirtió que no estaba solo, fue una ramita crujiendo en su espalda. Dándose la vuelta con su velocidad sobrenatural, Culón vociferó ferozmente, con los colmillos afilados mordiendo el aire:
-¿¡Quién anda ahí?! ¡Muestrate!
La respuesta llegó justo detrás de el. Un escalofrío le recorrió la espina dorsal, acompañado de una oleada de miedo.
-Me llaman Blade, pedazo de mierda.

Antes de morir, Eduardo tuvo tiempo de mojarse los pantalones.