Tras las materias de rigor, que sobreviví con una extraña mezcla de hiperactividad y sueño sopífero en algunas ocasiones, tocó partido. En lo personal no me gusta demasiado el futbol, pero la rivalidad con Greengoland era tan palpable en el ambiente que no me pude resistir. En el restaurant de al lado se congregó la universidad en pleno para asistir con las cervezas en la mano a la batalla epica que se avecinaba.
Y por supuesto, tras la victoria de México en el partido contra EU, celebramos salvajemente como solo los estudiantes saben hacerlo. Después, recordé que tenía clase a las 5:30.
Esa clase se mantendrá como un extraño borrón en mi mente por los siglos de los siglos. Solo espero que no haya dejado tarea o alguna mafufada por el estilo.
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