Hoy hice la tarea. Me tomó tres horas de mi vida, que se perdieron para no volver mas... Y la súbita comprensión de que tengo que hacerla todos los días si quiero tener la mas mínima esperanza de pasar el curso, no ayuda mucho a la moral de mi valiente mano mientras rasga furiosamente operación tras operación matemática.
Los pocos valientes que decidieron tomar clases de verano, igual que yo, deambulan por los pasillos de la universidad con la expresión de incredulidad adolorida que pondría un niño de ocho años mientras sale del departamento del tipo que le juró que era Santa Claus, y que le regalaría un videojuego si lo acompañaba a su cuarto solo ocho minutos...
Y es que aún quedan 28 clases mas. Seis semanas, que no han hecho mas que empezar... El desafío se extiende ante nosotros, casi burlón, casi maligno. El mas mínimo descuido y todo caerá en la ruina.
Afuera, llueve y el paisaje esta gris y sin vida, como el reflejo de la turbulencia que anida en mi alma. Mientras el rítmico golpetear de mis dedos en el teclado de la computadora rodea mis oídos, no puedo mas que preguntarme si podré sobrevivir a esta terrible empresa que se extiende colosal ante mi.
Y entonces me doy cuenta que realmente no es la gran cosa. La tarea puede estar terminada en la mañana, tengo las tardes completamente libres y mientras no me desvele demasiado puedo hacer prácticamente lo que quiera. Bueno, mientras "lo que quiera" no implique una condena de ochenta años por faltas a la moral.
¿Y saben que quiero hacer en este momento?
Patear gatitos bebés. Estoy de buen humor.
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